PREVISIÓN, PLANIFICACIÓN y CREATIVIDAD (O cómo sobrevivir a la fotografía sin morir en el intento)

Han pasado ya unos cuantos años desde mi última aportación a nuestro blog.

Es muy probable que al leerme tengáis la sensación de que me estoy repitiendo, pero, qué queréis que os diga, nunca viene mal insistir. Digamos que esta es una especie de «segunda parte». Y aunque el refranero insista en que nunca fueron buenas, quién sabe, igual suena la flauta. Como en la famosa fábula del burro flautista de Samaniego: este artículo, salga bien o salga mal, se me ha ocurrido ahora por pura casualidad.

Aparcando la seriedad y con esa pizca de humor básico que me sirve para camuflar la timidez —vaya usted a saber—, paso olímpicamente de ponerme a dar lecciones técnicas o datos de capturas que ya saturan internet. En un colectivo como Portfolio Natural, los conocimientos teóricos se nos suponen, como se suponía el valor en la antigua cartilla militar.

Pero antes de meternos en harina, permitidme un apunte sobre los tiempos que corren. Vivimos en la era de la prisa y el picoteo. Al igual que pasa hoy con la música, donde casi  nadie es capaz de escuchar una canción entera de principio a fin, en la fotografía sufrimos la misma enfermedad: ya nadie se detiene frente a una imagen a saborearla, a analizarla o, simplemente, a disfrutarla. Y me temo que con los artículos escritos pasa tres cuartos de lo mismo; si la descripción parece un pelín larga, la gente pasa olímpicamente de leerla. Pero bueno… ese ya es problema de quien decida pasar de largo; él se lo pierde. Lo mío en estos momentos es dar rienda suelta a mis sentimientos y compartir todo esto con vosotros,  estimados lectores. Así que, para los que hayáis decidido quedaros, vamos allá.

A veces nos gusta mitificar nuestro trabajo. Nos imaginamos como duendes de la luz, cazadores de momentos mágicos que pasaban por allí de casualidad. Pero seamos francos: el azar rara vez trabaja gratis. Detrás de una imagen que conmueve, casi siempre hay un triángulo invisible que sostiene el invento.

Empecemos por la previsión, que básicamente es el escudo contra la Ley de Murphy. Es esa voz de la experiencia que te recuerda que todo lo que pueda salir mal, saldrá mal. Prever es saber que el clima cambia en diez minutos, que las baterías se agotan con el frío o que esa localización idílica un sábado por la tarde estará más masificada que las rebajas. La previsión no te garantiza una obra de arte, pero evita que vuelvas a casa empapado, de mal humor y sin una sola foto.

La planificación, por su parte, es el trabajo silencioso de escritorio. Es la ciencia de la paciencia: estudiar mapas, calcular luces y analizar el terreno. Es lo que reduce el tamaño del océano en el que buscas tu gota de agua. Eso sí, si nos quedáramos solo en la previsión y la planificación, seríamos unos meteorólogos o unos cartógrafos excelentes, pero unos fotógrafos aburridísimos.

Ahí es donde entra el verdadero motor: la creatividad. La creatividad es el alma de la ecuación, el reflejo del espíritu y, por qué no decirlo, un poquito de la locura del artista. Si la planificación te pone delante del árbol milenario con la luz perfecta, la creatividad es la que decide qué vas a contar de él. Es la que te hace agacharte, buscar un reflejo imposible o ignorar el paisaje general para buscar la abstracción en una textura.

Lo bonito de esto es que la técnica y la estructura no encorsetan la creatividad; al contrario, la liberan. Cuando llevas los deberes hechos y la logística resuelta, el cerebro se despoja de la ansiedad. Al tener el entorno bajo control, la mente puede flotar, arriesgar y concentrarse en su estado más puro. Como escuché en una frase hace tiempo y que me encanta: «La técnica puede enseñarse, pero no transmitirse su esencia».

Por supuesto, luego están esos fotógrafos con una capacidad innata admirable, que se adelantan a los acontecimientos con una soltura asombrosa que supera a cualquiera que intente imitar la creatividad a base de talonario técnico. Es ahí donde las obras se vuelven únicas y adquieren su propio sello de identidad.

Este pensamiento que hoy os comparto es el fruto de muchas horas de campo, pero de «campo de lectura», devorando libros y artículos en la red con los que me he sentido profundamente identificado. Y aunque me centre en la disciplina fotográfica, estoy convencido de que este bucle creativo se puede aplicar como antes he comentado, a cualquier vertiente artística.

Vaya por delante que esta es solo mi visión de las cosas y mi manera particular de capturar lo que me rodea. Os dejo con una selección de imágenes de temáticas diversas donde he intentado exprimir al máximo mi imaginación. Debido al ritmo de vida actual, mi radio de acción fotográfica se limita a apenas diez kilómetros a la redonda, con la única excepción de los pequeños milagros geográficos que logro arañar durante las vacaciones
familiares.

Para rematar el artículo y rescatar el puro disfrute de los viejos tiempos, he decidido que durante una temporada voy a mandar a paseo los píxeles. Voy a desempolvar la Nikon F5 y la Leica M6, cargarlas con unos carretes de Velvia 50 e Ilford XP2 Super, y salir a disfrutar de la fotografía en su esencia más pura y pausada.

Espero que disfrutéis de la serie tanto como yo he disfrutado el camino.

Fotos y texto – Luís Llavori – Julio 2026

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