Cumplir 50 años no es llegar a una meta, es detenerse un momento a tocar el árbol y notar su dureza. Es mirarlo de cerca. Es ver dónde la madera se retorció, dónde creció más despacio, dónde una rama se rompió y ver dónde el tronco decidió seguir.

Los nudos de los árboles no son defectos. Son cicatrices visibles, memoria sólida. Cada uno señala un episodio: una rama que quiso ser, un golpe de viento, una sequía, una decisión. A veces incomodan a la vista en una tabla lisa, pero son precisamente los que le dan carácter, resistencia y verdad.

A los 50, el cuerpo y la mirada se parecen más a esos nudos que a la madera joven. Ya no todo es recto ni rápido. Hay curvas. Hay densidades distintas. Hay zonas más oscuras y otras pulidas por el tiempo. Y, sobre todo, hay historia. Cada nudo podría ser un año, una persona, una pérdida o un amor que tiró fuerte y dejó su marca.

Y luego está el color. Porque los nudos no solo guardan historia: la revelan. Hay azules profundos como silencios largos y aprendizajes callados. Hay verdes que hablan de lo que volvió a brotar después de la sequía. Hay ocres, tierra fértil de lo que echó raíces. Y hay vetas anaranjadas, casi rojas, como brasas que recuerdan pasiones, rabias, entusiasmos, todo aquello que ardió y transformó.
La vida también nos va tiñendo. No somos de un solo tono. Somos mezcla: luces y sombras, fuegos y calma, pérdidas que oscurecen y amores que iluminan. El tiempo no solo endurece la madera: la pigmenta. Nos vuelve más intensos, más complejos, más verdaderos.

Los árboles no esconden sus nudos: los integran. Siguen creciendo alrededor de ellos. No los corrigen. No los eliminan. Los abrazan con nuevos anillos, capa tras capa, hasta que forman parte de la estructura misma que los mantiene en pie.
Cumplir 50 es aceptar que uno ya no crece hacia fuera únicamente, sino hacia dentro. Que la fortaleza no está en la flexibilidad joven, sino en la densidad acumulada. Que cada nudo nos ha hecho más resistentes al viento, aunque nos haya vuelto menos “perfectos”.

Las fotografías de nudos son retratos sin rostro. No muestran hojas ni altura, solo el centro: el lugar donde todo pasó. Mirarlos es reconocerse. Entender que la belleza no está en la superficie lisa, sino en la complejidad que ha sobrevivido.

A los 50 no se empieza de cero. Se continúa desde un tronco sólido. Y si algo he aprendido es esto: un árbol sin nudos no ha vivido lo suficiente.

