Fotografías que marcan

Estás en una sala de exposiciones disfrutando de los trabajos finalistas en un concurso de fotografía de naturaleza y, de repente, a lo lejos ves un cuadro negro. Completamente negro.

“¿Y eso qué es?” te preguntas. Y te vas acercando para tratar de descubrir de qué se trata. Quién se ha equivocado. Y a medida que te acercas… los ves.

Esferas, de Manuel Enrique González Carmona

O, mejor dicho: ves que te miran. Un par de circulitos blancos sobre un fondo completamente negro dan forma a lo que parece una mirada casi infantil, unos ojitos redondos y curiosos que te miran. Y no dejan de mirarte. Te mueves a un lado, te mueves al otro, y esos ojitos te persiguen. Y no puedes dejar de mirarlo: la fotografía te ha atrapado.

Es entonces cuando te das cuenta de la genialidad de la fotografía en cuestión: cómo a partir de algo aparentemente simple consigue mantenerte anclado y no puedes apartar la vista de esa mirada curiosa. La fotografía plantea un juego, un intercambio, con quien observa. Y no refleja un ave extremadamente rara (se trata de un Arao Común), ni un momento de luz espectacular, ni un comportamiento especialmente inusual para la especie… pero la fotografía consigue atraparte y no te suelta.

En esas estaba cuando se me escapó un exabrupto de admiración en un susurro. Pensaba que no lo había dicho en alto. Inmediatamente una voz al lado mío me pregunta: “¿Te gusta? Es mía”.

Era Manuel González Carmona, el autor de la fotografía y compañero de Portfolio Natural. Tras pedirle disculpas, durante unos minutos me explicó dónde y cómo había tomado la foto, el equipo utilizado y cómo había tapado con su bota el pecho blanco del ave dejando únicamente a la vista el lagrimal blanco del ave, me hablaba de unas condiciones de luces muy duras en las que jugó con la sombra… y yo disfruté como un niño chico de sus explicaciones, mientras no dejaba de alucinar: “pero ¿cómo se le ha ocurrido hacer esa genialidad en ese momento?”

A día de hoy sigo mirando la foto y recuerdo aquello de “menos es más”, comprobando cómo Manuel le da una vuelta y lo transforma en “no se puede más con menos” a base de buen gusto e imaginación a raudales.

Algo cambió en mí esa fotografía. Aunque fundamentalmente hago fotografías de paisaje, llevaba un tiempo pensando sobre la espectacularidad en el paisaje como algo incluso “limitante”, y aquella fotografía en apariencia tan sencilla (ojo: en apariencia) me venía a demostrar que una fotografía podía ya no sólo transmitir una sensación o una emoción, sino incluso jugar con el espectador a partir de muy poquitos elementos. Manuel creó una gran fotografía sin necesidad de que se tratara de algo especialmente raro o tremendamente espectacular, sino a base de creatividad y lenguaje visual.

Por otra parte, quizá esa percepción se deba también al contexto en el que vi por primera vez la fotografía en cuestión: una impresión de calidad en una cuidada exposición. Es muy probable que las sensaciones no hubieran sido las mismas si hubiera descubierto la fotografía en las redes sociales, donde posiblemente hubiera quedado sepultada entre miles de fotos llamativas y espectaculares (pero quizá sólo llamativas y espectaculares) y un tamaño muy reducido para poder apreciar todo eso.

Podéis disfrutar del trabajo de Manuel González Carmona en

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