Buscar lo que antes evitabas

En fotografía, y en la vida en general, el camino del aprendizaje tiene sus vaivenes. Cuando crees haber descubierto una “verdad” o algo que parece servirte, tardas poco tiempo en ver que no hay verdades absolutas. Esta “inestabilidad” del pensamiento y de la búsqueda, hace que podamos volver atrás y elegir de nuevo un camino abandonado.

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Con estas fotos tomadas en Santoña me han venido a la memoria mis inicios fotográficos. Eran días de fotografiar aves principalmente y de llevar la camara colgada al cuello permanentemente.

Durante unos años disparaba en modo de prioridad a la abertura. Me ocurria un “error” bastante común. La medición de la camara solía ponerla siempre en el punto central . Dependiendo  de la  cercanía del animal  a la cámara y del tono mas claro o mas oscuro donde incidiera la medición, la cámara calculaba la velocidad. Con esa configuración era muy habitual que las fotos salieran ligeramente oscuras o muy quemadas. Cuando esto ocurría, desechaba muchas fotos por demasiada luz y otras por todo lo contrario y con frecuencia “perdía” los mejores momentos.

Santoña_7711Los años te hacen por suerte desaprender. Explorar esos caminos, las cosas que queremos evitar, pensar qué pasa si deseamos aquello a lo que tenemos miedo es algo que me ayudó mucho en formación como terapeuta gestalt. Aplicado a la fotografía se traduce en transitar por lo que la mayoría evitamos cuando aplicamos normas aprendidas.

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Hoy día que ya expongo en manual busco cosas tan evidentes como claves altas o bajas; lo que antes me salía de “casualidad” y lo evitaba, hoy es un camino. La búsqueda de una exposición no tan “perfecta”. Lo mismo pasa con el foco, el movimiento, la parte enfocada, el lugar donde el animal debe colocarse en la composición, las horas de buenas luces etc…

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Sólo aprendiendo de lo que no sabemos caminaremos hacia algo diferente.

El Estilo: mi más fiel aliado, mi enemigo más cruel

Todos hemos pensado alguna vez en esa palabra como una reliquia hacia nuestra obra, un tesoro que tarde o temprano buscaremos. A todos nos gustaría que nos etiquetaran con un estilo propio, porque es como si hubiésemos alcanzado la cima, el fin del aprendizaje, ese sello que llevarán nuestras fotografías fácilmente reconocibles por el espectador.

Es una palabra corta, bonita y glamurosa…pero a la vez es una palabra demasiado profunda, con un bagaje lento, largo y con obstáculos.

El Estilo ha sido mi más fiel aliado, pero también mi enemigo más cruel. Aunque ya hicimos las paces… seguimos en guerra!!!.

Siempre ha estado presente en mi cabeza de una forma obsesiva y cruel a la hora de disparar, pero no con balas, sino con imágenes.

Quizás un proceso demasiado consciente para no alcanzarlo.

En esa búsqueda, me preguntaba:

¿blanco y negro o Color?

¿Paisaje o Fauna?

¿Realismo o Abstracción?

¿Minimalismo o Caos?

¿Fuerza o Delicadeza?

Cualquiera de mis respuestas me acercaban al enemigo, me acercaban a mi prisión…

Me daba cuenta que buscando de una forma consciente un estilo me perdía demasiadas cosas del mundo natural. De alguna manera ese enemigo encarcelaba a mi imaginación…

Creía que el estilo era permanecer en un bando o en otro, pero el enemigo siempre estaba allí.

Cinco años fotografiando Aves y demasiados recuerdos aniquilados por el enemigo. Ocho años fotografiando la naturaleza de una manera objetiva y fiel… la subjetividad quedó presa también por el enemigo.

Estoy cansado de soñar con el Estilo,

De pensar en el Estilo,

De convivir con el Estilo….

Hoy día, la abstracción es mi musa, pero no es el fin… hay que seguir batallando con otras armas, en distintos escenarios, pero siempre con Pasión… para no perder la batalla; la batalla de mis Pensamientos, de mis Ilusiones, de mi Curiosidad…

Sin duda, ésta es la bandera que más me ha acercado a mi enemigo, ofreciéndome incluso su mano, convirtiéndose en mi más fiel aliado…

La bandera de la reflexión…

“No es suficiente que el escritor sea dueño de su Estilo.

Es importante que el Estilo sea Dueño de las cosas…”

                                                           GIACOMO LEOPARDI

_MG_9697_HIRESNo sé si tengo un Estilo,

Ni lo quiero saber…

Estoy cansado de guerras y guerrilleros, de enemigos y aliados…

Solo quiero ser… Libre!!!… A través del papel fotosensible de mi Imaginación…

Desde el cielo… ¿por qué no?

Esta es mi primera publicación en el blog de Portfolio Natural y la quiero dedicar a una de las modalidades de la fotografía de Naturaleza que mas me apasionan, la aérea.

No es ni mejor ni peor que otras disciplinas pero si requiere de cierta técnica e implica un riesgo, controlado pero existente que en la mayoría de las otras no esta presente.

Voy a explicar en dos bloques estas afirmaciones, primero sobre la técnica y después sobre el riesgo.

Cuando empecé en serio en la fotografía de Naturaleza ya había volado, fue primero la gallina que el huevo en esta ocasión y lo había hecho en avión, helicóptero y globo aunque solo pude inmortalizar algunos momentos desde este último medio y con una cámara compacta digital de las primeras que aparecieron, con poca calidad óptica y muy limitada técnicamente pero me sirvió para tener un primer contacto con lo que después seria una gran pasión.Captura de pantalla 2015-11-21 a les 13.53.11Cuando preparo una sesión, lo primero que debo tener claro es dónde quiero volar y qué resultados busco, esto determinará el equipo que cargaré y el medio de transporte que tendré que buscar, normalmente una avioneta por precio y maniobrabilidad pero nunca es descartable un ultraligero si no hay disponibilidad de avionetas en los aeródromos cercanos, incluso un globo puede valer, aunque este es muy limitado para la fotografía ya que depende de vientos, térmicas y no es muy aconsejable si volamos cerca del mar ya que seria de difícil rescate en caso de que las condiciones atmosféricas no fueran muy favorables.

El equipo suele constar de cámara reflex y dos objetivos, un 24-70mm y un tele corto como un 70-200mm, dos tarjetas de memoria de alta velocidad, una batería adicional y un filtro polarizador si vamos a volar en zonas donde pueda haber la posibilidad de reflejos provocados por el agua como deltas, marismas o rios.

A partir de este momento ya estamos en condiciones de poder iniciar la sesión, dependiendo de si hay sujetos móviles suelo utilizar el disparo en ráfaga y el modo de enfoque en AI Servo, de ahí que lleve siempre una segunda batería ya que esta configuración las devora literalmente.

También es imprescindible disponer de mucha luz para poder disparar con una velocidad suficiente para evitar trepidaciones, fallo muy común en los que vuelan por primera vez ya que no es lo mismo estar pie a tierra que estar disparando a unos 120 kms/h mínimo y que objetivo y cámara tenga que vencer la resistencia aerodinámica ya que sobresaldrán de la cabina con la complicación adicional que esto conlleva pero que garantiza una calidad óptima ya que no habrá cristal que pueda restar nitidez o distorsionar nuestra fotografía final.

Un dato importante es saber si nuestro cuerpo esta preparado para lo que va a venir ya que las pequeñas avionetas, las mejores para fotografía aérea, se mueven mucho y son proclives a “sufrir” cambios en trayectoria y altitud provocados por las térmicas y el viento. Esto que parece obvio no lo es tanto y no todos reaccionamos de la misma forma a los fenómenos antes descritos, algo que puede provocar que en vez de disfrutar de esa sesión, la suframos…

avioneta (1 de 1)Y finalmente uno de los ingredientes mas importantes, el piloto, de él va a depender en gran medida el éxito o el fracaso de nuestra salida, de como maneje el aparato, de las horas de vuelo que lleve, del conocimiento de la zona que tenga, etc sino recordad que uno de los mitos de la Fotografía de Naturaleza, Galen Rowell, falleció posiblemente por culpa de un piloto que apenas llevaba 50 horas de vuelo acumuladas…

Waldeinsamkeit

Waldeinsamkeit es una palabra alemana que resume en un solo vocablo el sentimiento de estar solo en el bosque y conectado con la naturaleza. Sin duda alguna, ese sentimiento que echaría en falta Hermann Hesse, a través de su personaje del “lobo estepario” Harry Haller, quién a diferencia del hombre común y como buen lobo solitario, quiere vivir a su manera, con espacio para la individualidad. Lucha por no contaminarse con el tipo de vida que lleva el resto de las personas absorbidas por el ir y venir de las masas. Sin embargo, este lobo de las estepas, compuesto de una naturaleza humana y otra salvaje, no puede resistirse a la socialización, aunque termina por volver a su soledad infinita. Son tiempos donde la socialización de la fotografía lleva en muchos casos a que sea más importante ver quién la tiene más grande (la cámara digo) y que se vaya perdiendo la capacidad del fotógrafo de naturaleza de embeberse en el paisaje, perdiendo el Waldeinsamkeit, perdiéndose uno de los pilares fundamentales de la esencia de la buena fotografía…

Socializar las fotografías y los momentos fotográficos no es mejor o peor. No se es más o menos por tener más votos, amigos digitales, por compartir más o menos momentos con otros y hablar más o menos mientras se hace una fotografía, pero a veces hay un exceso de flujo de información, y una perdida de momentos íntimos con la naturaleza… Es normal que algún que otro lobo (y loba) estepario hayan optado silenciosamente por emprender su camino por la estepa hasta encontrar su particular waldeinsamkeit fotográfico… y los que tenemos también parte de naturaleza salvaje les miramos caminar por la estepa no sin cierta envidia… y con mucha admiración…

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Endemismos

La fotografía de naturaleza de autor, o con vocación de serlo, tiene dificultades en su reconocimiento por parte de nuestro entorno. Galerías, exposiciones, museos, festivales de fotografía o muestras anuales no acaban de incorporar esta disciplina entre sus intereses por mucho que transmita creatividad e innovación en las ideas: Pictóricas, abstractas, conceptuales,…

Como será que muchos de los fotógrafos con esta vocación, entre los que me incluyo, bebemos de las fuentes clásicas de la naturaleza de fotografía que posteriormente han tenido impacto internacional, siendo considerados sus protagonistas como ilustres “artistas” de la imagen y valorando la calidad de su trabajo al más alto nivel artístico.

Referentes como Ansel Adams, Charles Cramer, Christopher Burkett, Bruce Barnbaum, John Sexton, Lyn Radeka, Gallen Rowell, o los más actuales Art Wolfe, Cole Thomson, Jim Branderburg, Joe Cornish, Michael Fatali, Michael Levin, Shinzo Maeda, Michael Kenna, el mismo Sebastiao Salgado o Nick Brandt, por destacar una breve selección, han marcado las pautas y tendencias de la fotografía artística de naturaleza, sobre todo en su vertiente más paisajista, siendo considerados iconos de referencia en los círculos internacionales gracias a los cuales se ha ido creando una cultura que valora a la fotografía de naturaleza con la misma consideración que otras disciplinas artísticas.

Los circuitos, festivales, circuitos editoriales, galerías de arte, propias del autor o especializadas en fotografía de naturaleza de autor y presentes en los circuitos comerciales al más alto nivel, que mantienen su éxito y sostenibilidad del sector pues, este es reconocido como tal por una sociedad que hace tiempo incorporó a esta disciplinas en su bagaje cultural, se prodigan en culturas anglosajonas como en Estados Unidos, y aunque en menor medida, también en el Reino Unido. Otros países europeos como Alemania o Francia incorporan esta disciplina en sus círculos artísticos de reconocida calidad.

Prueba de este valor son las cotizaciones de las copias en edición limitada, que bien pueden oscilar entre los 1.000 y 2.000 $ alcanzando en algunos casos los 10.000 $ en los círculos comerciales, y no me refiero a la obra de Ansel Adams en particular.

Pero ¿Qué ocurre cuando nos referimos a nuestro propio mercado?

Parece que la fotografía de naturaleza de autor aún no es valorada en los circuitos artísticos de nuestro entorno. Frecuentemente escuchamos expresiones del tipo: Ah, fotografía de naturaleza…nosotros no exponemos o vendemos esta disciplina, o en el mejor de los casos: Si corréis con todos los costes de transporte, seguro, montaje, etc. Tal vez podríamos verlo, o frente a un proyecto editorial de fotografía de naturaleza, la respuesta más frecuente es: Hombre si hacéis una guía de itinerarios, aunque fueran fotográficos, tal vez, pero fotografía de autor…, no lo vemos. No digamos cuando se trata de hablar de cuestiones financieras, en supuestos improbables de valoración interesada de nuestro trabajo: Si aportáis la financiación estaremos encantados, en caso contrario no podemos embarcarnos en el proyecto y correr el riesgo económico que comporta, no es seguro tal y como está el mercado.

Las consecuencias las conocemos todos y acaban siempre traduciéndose en un escenario que podemos considerar endémico. Mostramos y observamos fotografía de naturaleza de calidad en circuitos dedicados únicamente a la fotografía de naturaleza: Festivales, concursos, asociaciones, revistas, a las que hay que agradecer la labor de difusión en la que se esfuerzan, pero que no acaba de trascender esas barreras endémicas a las que me refería. Capítulo aparte son algunos ejemplos que podemos encontrar de foros y redes sociales, y la autocomplacencia que muchas veces observamos en ellos.

Aun así, estas líneas no pretenden ser una crítica a la realidad que vivimos en el sector, en la que por los argumentos comentados, nos vemos todos abocados a participar si queremos dar a conocer nuestro trabajo e intentar ir creciendo sobre esta base.

Esta entrada tan solo pretende invitar a una reflexión sobre una realidad ya conocida en la que unos cuantos, entre los que me incluyo, nos negamos a acomodar, tomar perspectiva sobre esta reflexión y tal vez empezarnos a mover también en otra dirección.

Creo que el reto a medio plazo quizás no sea tanto respecto a la calidad y tendencias de nuestro trabajo fotográfico, que también, pues siempre podemos mejorar, sino a un salto cualitativo en cuanto a visibilidad y difusión a otros círculos artísticos, y por ende en la sociedad, en los que poco a poco ir consiguiendo una valoración y reconocimiento de nuestra disciplina fotográfica, la búsqueda de la fotografía de naturaleza de autor.

Por ello, me siento orgulloso de pertenecer a este colectivo, Portfolio Natural, pues desde que intenté por primera vez ser admitido hace ocho años hasta ahora que tengo el orgullo de actuar como su coordinador, creo sinceramente que tiene clara esta dirección, y pone todo su empreño en avanzar en ella.

Y eso, …, eso hace diferente a este colectivo.

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Lo que puedo ser y lo que no

Estaba haciendo varios reportajes con mi compañera Kris Ubach por el centro sur de EEUU, en la parte de Nuevo México. Llevábamos varios años pensando en este viaje y teníamos unas cuantas localizaciones fetiche que queríamos explorar. Apuesto a que el 99% de los fotógrafos amantes de la naturaleza tienen debilidad por los desiertos. Pues resulta que muy cerca de la frontera con México, en Alamogordo, se encuentra uno de estos lugares mágicos que encierran los EEUU, el White Sands National Monument. Este pequeño paraíso es precisamente esto, un desierto de arena blanca, con sus dunas y sus texturas que hacen las delicias de cualquier fotógrafo que se precie. Pero este lugar, además de una mina de oro para nuestras cámaras, es un campo de pruebas del ejército americano. Esto lo complica todo y mucho. El acceso está controlado y aparte de cobrarte por entrar no te dejan pasar entre las 7 de la tarde y las 7 de la mañana, así que adiós a la fotografía nocturna, mi primera ilusión en este parque. Resulta que los días de luna llena hay una salida con los ranger del parque que te llevan de paseo, pero que alguien le explique a esta gente y al grupo que quieres hacer una foto de 15 minutos de exposición y que tienen que esperar… Estas cosas me ponen enfermo, no se pueden poner puertas al campo.

Cuando llegamos, venciendo a toda la probabilidad una vez más, estaba diluviando. Si, en el desierto… Decidimos ir a trabajar en el reportaje en vez de adentrarnos en el parque y esperar al día siguiente temprano por la mañana para acceder, solo teníamos un día y medio para estar en la zona y dejamos la última carta para la mañana siguiente, apostando por un bonito amanecer lleno de nubes. Se mascaba la tragedia.

A las 5:00 de la mañana sonó el despertador cargado de ilusión y dunas imaginarias y nos fuimos lanzados para estar los primeros, listos en cuanto levantaran la barrera. Cual fue nuestra sorpresa al ver que los ranger se retrasaban y retrasaban, y me gustaría haberme visto la cara cuando nos dijeron que esa mañana no se abriría el parque debido a las pruebas con misiles que se estaban realizando. Esa barrera con el cartel de prohibido el paso sería lo único del parque que íbamos a poder ver y con el amanecer y las nubes de tormenta que se estaban formando yo solo podía pensar en explotar ese centro de interpretación con sus propios misiles. Pero eso no puede ser, así que nos fuimos con nuestra rabia contenida viendo como se formaba esa tormenta por la mañana que debería haber sido el fondo de las dunas de arena blanca.

A pocas millas de allí se encuentran las llanuras de San Antonio y el Trinity Site, donde se hicieron las pruebas de la primera bomba atómica, la que luego se lanzaría contra Nagasaki. Como un recuerdo de ese momento, la tormenta empezó cuando pasábamos por allí, así que paramos el coche en medio de la carretera y nos preparamos para hacer las fotos. El viento venía de cara del sur, donde se desarrollaba toda la actividad eléctrica, así que no teníamos demasiado tiempo para disparar entes de que empezara a caer agua y la lluvia mojara el objetivo con ayuda del fuerte viento de cara. Eran en torno a las 10 de la mañana y ya había bastante luz, si queríamos hacer exposiciones de varios segundos para cazar los rayos tendríamos que utilizar algunos filtros o tirar a reflejo. Esta imagen está tomada con un portra Lucroit y un filtro degradado suave de dos puntos. Y aquí viene la píldora fotográfica. probé a poner un filtro neutro de 6 puntos, esperando ganar un poco de tiempo de exposición, pero como me temía con un filtro tan oscuro los rayos no se impresionan en el sensor, así que este truco no es válido, al menos en esta tormenta, que los rayos no eran demasiado espectaculares. Perdí un tiempo valioso con esta prueba, así que ahí os dejo mi experiencia, lo máximo que podemos poner para ganar algo de exposición es un polarizador, pero tampoco tiene mucho sentido, porque a partir de f11 casi no se aprecian los rayos en la foto. Así que durante el día nada de exposiciones muy largas, ¡suerte con vuestros reflejos!

Esta es la imagen que me pude llevar de este día lleno de rabia contenida. La verdad es que al final estoy contento y será mi recuerdo del parque que no pudimos ver, el recuerdo de que hay que volver.

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Miradas prestadas

Hubo un tiempo atrás que me obsesioné con el trabajo de Isabel Diez, no solo por la estética que conseguía sino porque sus imágenes hablaban por sí solas. Conseguía levantar el vello de mi cuerpo y su obra me devolvió la pasión en una etapa pajarera donde la colección de especies no me llevaba a ninguna parte.

Comencé a salir al campo en busca de las imágenes de Isabel, ese fascinante mundo de detalles y texturas. Me sentía cómodo e ilusionado fotografiándolas, pero al llegar a casa la cosa cambiaría. Las imágenes que iba obteniendo no me decían nada, iban una a una a la papelera del escritorio, como el escritor que rompe una y otra vez ese papel en blanco huérfano de sentimiento…

Nunca conseguí imitar la esencia que Isabel dejaba impregnada en sus obras, eran imágenes forzadas en busca de estética, nada más, pero cada fotografía debe tener más capas… No lograba descifrar porqué mis imágenes no tenían esa chispa, esa capa que emociona al espectador, pero esa pócima mágica no era tan fácil de encontrar…

Me fui olvidando poco a poco de Isabel y aunque no me gustaban los resultados que iba obteniendo, su mirada me ayudó a ver… no solo con los ojos…

Hubo una fotografía que marcó un antes y un después.

Una mañana decidí hacer el amanecer en una cala del Cabo de gata. La noche anterior hubo temporal y cuando llegué al lugar todo eran sensaciones. Seguro que muchos de vosotros habéis sentido alguna vez la sensación de intuir que lo que hay frente a vosotros tiene algo especial, que estáis viviendo un momento irrepetible, no solo por la luz, también por como recibís esos estímulos emocionales que muchas veces la naturaleza nos ofrece. La orilla de la cala se encontraba llena de algas, la fuerza de las olas habían provocado todo aquel cementerio vegetal, el lugar ofrecía mucha fuerza con el angular, pero mi mirada se quedó clavada en un paisaje minúsculo, delicado y expresivo. Una madeja de algas se encontraba atrapada en una roca, parecía haberse aferrado a la vida nuevamente para no acabar agonizando en la orilla con las demás.

Al menos eso fue lo que sentí aquella mañana en aquel lugar. Era una imagen que me recordaba al estilo de Isabel por su carga estética pero ésta imagen, si tenía esa otra capa emocional que por primera vez puse en una fotografía. Es para mí una fotografía sin fecha de caducidad.

Hay una frase que dice: “ siente y sentirán” y es que, después de realizar esta imagen si me quedó muy claro que la mirada, solo hay que cogerla prestada en esos momentos de aprendizaje e inspiración, pero que para crear y emocionar, tendremos que mirar con nuestros propios ojos.

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Profundizando en la oscuridad del Agave

Llevo años acompañando a las pitas en su proceso vital. Siempre me han parecido unos vegetales imponentes, con una presencia insustituible, casi inmortal, dignos de ser admirados y fotografiados, protegidos y conservados, dueños, junto con las palmeras y las chumberas, de la estética paisajista y cultural de estas regiones semiáridas de la Península.

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Esta coloración y textura en las hojas basales de Agave americana sólo se presenta en el proceso de degradación final de cualquier individuo de esta especie, ya sea por muerte natural en el momento de su floración o por cualquier tipo de enfermedad o plaga, donde la paulatina pérdida de humedad va dando lugar a otras texturas y la desaparición de la clorofila va dejando paso a los distintos pigmentos del vegetal. Esta fotografía muestra la imagen de la degradación producida por el ataque a la pitera del picudo negro (Scyphophorus acupunctatus), un escarabajo originario de México y portador de la bacteria Erwina carotovora, que está arrasando las poblaciones de pitas del sur y este de la Península Ibérica. El proceso terminal en este caso es mucho más drástico, ofreciendo imágenes más dramáticas, más oscuras y retorcidas con un último suspiro de luz, de vida y humedad.

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Primeras luces

Primeras lucesCuando la luz pierde intensidad, gana en posibilidades. La frase no es mía, evidentemente, pero me encanta, es una de esas máximas de la fotografía de paisaje que deberíamos llevar grabada a fuego todos los que sentimos verdadera pasión por retratar de la manera más delicada posible nuestro entorno natural. Lo aprendí de un gran maestro del cine, de uno de esos directores de fotografía que ganan premios y cuyos nombres aparecen escritos con mayúsculas en los créditos de las películas. Y lo aprendí leyendo, como tantas otras cosas que aprendemos de los libros, y se me quedó ahí, como vagando por el subconsciente, como provocando cierta sensación de incertidumbre cada vez que visitaba un lugar nuevo con la cámara entre las manos.

Ahora, algunos años después y con unas cuantas fotos a mis espaldas, trato de recordar cuál fue el instante en el que aquel maravilloso dogma dejó de ser pura teoría y se convirtió en algo comprensible y provechoso, en qué momento influyó en la manera que tengo ahora de decidir qué imágenes quiero conseguir, y cuándo y cómo quiero captarlas. Pues bien, lo recuerdo perfectamente. Fue la primera vez que vi despertar un lugar, que no es lo mismo que contemplar un amanecer. Cuando hablo de ver cómo despierta un lugar, me refiero a llegar de noche, a dejar que nuestras pupilas se adapten a la falta de luz, a escuchar los sonidos que nos permiten intuir las cosas que no podemos ver todavía, a observar cómo se dibujan los perfiles de las nubes con el primer albor del cielo, a comprobar cómo se definen los volúmenes de cada objeto cuando esa primera luz irrumpe sutilmente en la escena, a apreciar los diferentes colores que reflejan las zonas húmedas según los tonos que vaya cogiendo el cielo. En definitiva, a sentir la transformación de ese espacio durante unos pocos minutos, ese mágico intervalo de tiempo en el que no ha salido todavía el sol, pero la primera claridad del día nos da la bienvenida y nos invita a experimentar, a retratar el proceso de creación de un lugar en nuestra mente que, hace solo un instante, no existía para nuestros ojos, a intentar no delatar nuestra presencia, a procurar que no haya nada que indique que estamos allí y que nos hemos guardado en la cámara una pequeña parte de esa experiencia y por supuesto, a generar un recuerdo maravilloso. Entonces sale el sol, y llega la hora de recoger y volver a casa, o mejor aún, de buscar un nuevo lugar que nos transmita algo positivo, de generar alguna idea nueva y de apuntarlo en la lista de fotos pendientes. Quién sabe, quizá cuando tengamos ocasión de volver por allí, nos apetezca verlo despertar. Seguro que encontramos nuevos detalles, diferentes colores, sensaciones inesperadas, y nos guardamos otra experiencia más en nuestra cámara.

Miguel Puche

La mejor cámara

Los fotógrafos siempre estamos preocupados del equipo que utilizamos. Qué cámara tiene el mejor sensor, qué objetivo es el más luminoso y nítido, y por supuesto, la guerra de los megapíxeles.

Este verano estaba de vacaciones en Azores, desde hace años quería bucear con Mantas Rayas, y en la isla de Santa María hay una población estacional que durante los meses estivales habita a pocas millas de la costa. Cuando llegamos al punto de inmersión en el bajo de San Ambrosio, y en medio del océano, todavía había un grupo de buceadores que estaban terminando su inmersión. El buceo está muy regulado y solo puede haber un grupo debajo del agua cada hora, pero como las Mantas muchas veces vuelan a poca profundidad, se puede aprovechar para hacer un poco de snorkel mientras esperas tu turno, a ver si suena la flauta y un grupo pasa cerca de tu posición. Me tiré rápido al agua porque estaba un poco mareado y me agarré al cabo que salía de la lancha rápida en la que fuimos. Estos nómadas del mar, aprovechan para comer las fuertes corrientes del océano, abren sus enormes bocas y filtran el plancton como hacen las ballenas, así que, como imaginaréis, en su casa encontramos una fuerte corriente que nos arrastraba y un oleaje que nos zarandeaba. Después de unos 10 minutos de vaivén y meneos agarrados al cabo, una compañera que se había separado de la barca se puso a gritar como loca. Un grupo de más de treinta Rayas nadaban a escasos 40 metros del cabo. Sin dudarlo me fui nadando para allá, la cámara grande con la carcasa se había quedado en el bote pero llevaba una pequeña Go Pro metida en el pecho del neopreno. Cuando llegué el espectáculo era impresionante, el grupo era enorme y nadaba a escasos 5 metros de la superficie. Estuvimos unos minutos con ellas, buceando lo que nos permitían nuestros pulmones cada vez más apurados por el cansancio físico. Cuando por fin nos dejaron atrás, me di cuenta que estábamos bastante lejos de la lancha y a contra corriente. Llegar me supuso un fuerte esfuerzo, nadando a croll y con ayuda de las aletas. Al subir a la barca, vi a la chica que nos había avisado quitándose unas aletas enormes tranquilamente, al poco me enteré que era la campeona de Free Dive de Brasil, ¡la reina sirena en persona!, eso explicaba su soltura en ese ambiente tan hostil. Mientras recuperaba el aliento me arrepentía de no haber tenido conmigo la cámara reflex para haber hecho mejores fotos, con más profundidad de color y en Raw, pero segundos después, me planteaba si hubiera sido capaz de volver a la barca cargado con la carcasa, sin poder nadar libremente. Las fotos y los vídeos que saqué no tienen la calidad que podría haber conseguido con la réflex, pero no sé si me hubiera atrevido a ir a esa distancia de la lancha cargado con ella, así que mejor eso que nada.

La conclusión es que quizá no hay que preocuparse tanto por el equipo que tenemos, hay que sacar el mayor partido al material del que disponemos en un momento dado y del que somos capaces de cargar. La mejor cámara es la que tenemos con nosotros, aunque algunas veces sea un simple móvil.

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